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Vuelta a Italia
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Interludio Romañolo
«Busqué fortuna en el nuevo mundo, porque en éste me era ingrata, y sí me fue propicia», le escribió Codazzi a su antiguo comandante –el coronel Pier Damiano Armandi– en febrero de 1823. En verdad, en el momento de embarcarse para Europa, anota Manuel Ancizar, el futuro cartógrafo llevaba «un caudalejo de cerca de cuarenta mil pesos». Esta suma en Italia y especialmente en Ferrara, a cuya provincia pertenecía Lugo, constituía una fortuna considerable. Agrega el biógrafo:
Codazzi la radicó en una hacienda, y se hechó a ofrecer alegre hospitalidad a cuantos amigos le venían a las manos; dándose tan acertadas trazas en la administración de sus asuntos, que a los tres años ya no le pertenecía la mitad de la hacienda, y los amigos íntimos hacían lo posible por quedarse con la otra mitad...
En realidad, Codazzi y Ferrari –que en Constantinopla habían jurado «unir la bolsa y la voluntad»– decidieron invertir su «caudalejo» común en una hacienda, el “Serrallo” (no lejos de Lugo), en la cual pudieran vivir y trabajar juntos, en compañía de sus respectivas familias. Los problemas comenzaron con la construcción de la casa, ya que, según Ferrari, Codazzi pecó de imprevisión, causando un notable desajuste financiero. En abril de 1824, Ferrari, cansado de la inerte vida del campo, decidió irse a Grecia, a combatir al lado de Lord Byron. A su regreso, un año más tarde, la situación económica de la hacienda había empeorado hasta el punto que, para hacerle frente, Codazzi le convenció a realizar un matrimonio de conveniencia. El remedio, sin embargo, fue peor que el mal, ya que la madre de la esposa, a más de exigir que el patrimonio común fuera repartido, generó un clima de creciente incomprensión entre los dos amigos.
Por fin, a comienzos de 1826, Codazzi resolvió partir nuevamente para América. Le empujaba, explicó, la urgencia de poner orden en los negocios e inversiones que junto a Ferrari había dejado rodando en las Indias Occidentales. Pero, probablemente, no era aquel el verdadero móvil. De nada sirvieron los reclamos de su amigo, que apelaba a la antigua promesa de nunca separarse: Codazzi no quiso escuchar razones, y «descontento y enojado con casi todos, zarpó hacia el poniente».