Agustín Codazzi - Biografía

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Vida y empresas de un geógrafo italiano en la América Tropical

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Imagen en miniatura - Vista de Constantinopla a mediados del siglo XIX
Vista de Constantinopla a mediados del siglo XIX
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Imagen en miniatura - Vista de Constantinopla en la primera mitad del siglo XIX
Vista de Constantinopla en la primera mitad del siglo XIX
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Introducción

Entre comienzos de 1816 y mayo de 1817, Agustín Codazzi emprendió un largo y penoso viaje que desde Livorno, a través de Grecia, Turquía, los Balcanes y el mar Báltico le llevó finalmente a Ámsterdam, donde -como veremos- se embarcó para los Estados Unidos. Cuáles fueron las circunstancias que le indujeron a abandonar a Italia y la vida militar en pos de una «azarosa carrera» mercantil, acabamos de verlo. Bien que dramáticas, ellas no dejaron de secundar su espíritu inquieto, el cual –hay que admitirlo– difícilmente se habría doblegado al inmovilismo provinciano de la Romaña y al clima apagado de la Restauración.

Hacia Constantinopla

Después de un corto aprendizaje en Livorno, Codazzi zarpó pues para Constantinopla, con el propósito declarado de dedicarse al comercio. Pese a que el viento contrario obligase su barco a fondear por pocos días en la isla de Elba, la navegación prosiguió sin novedad hasta doblado el cabo Spartivento, en la extremidad meridional de Calabria. Pero, cuando ya las islas Jónicas estaban al alcance y Cefalonia se perfilaba sobre el horizonte, una tormenta imprevista se abatió sobre el bajel, causando en breve su perdida. A bordo de una chalupa, nuestro héroe alcanzó entre mil dificultades un escollo cercano, no sin haber dejado atrás, en el barco que se hundía, la totalidad de sus inversiones y pertenencias. Al día siguiente, desafiando el mar embravecido, los náufragos desembarcaron en Porto Molo, el pequeño puerto de Itaca.

En la isla de Ulises (por entonces un protectorado británico) Codazzi transcurrió casi un mes. «Para vivir –puede leerse en las Memorias– tuve que improvisarme pintor de brocha gorda»; sólo a fuerza de pintar casas, en efecto, pudo el ex-artillero ganar el dinero con que comprarse unas camisas, y así cambiarse («antes me veía obligado a estar sin camisa mientras el sol la secaba»). Como sea, antes de reanudar su viaje, no dejó de visitar unas ruinas ciclópeas que la creencia popular atribuía a la acrópolis del hijo de Laertes. A bordo de un barco que lo admitió sin pasaje, Codazzi cruzó el mar Egeo hasta el Helesponto, donde los vientos contrarios detuvieron su curso. Mas no fue en vano. De hecho, nuestro héroe aprovechó una corta parada en la isla de Tenedos para visitar el sitio en el cual se irguiera la mítica ciudad de Troya (aunque «en verdad nada descubrí, entre esos desolados parajes, que pudiera recordarle al viajero las grandezas troyanas»). Una vez superado el estrecho de los Dardanelos y atravesado el mar de Mármara, el barco surgió finalmente en el puerto de Constantinopla. La vista de esta pintoresca ciudad («dispuesta en forma de anfiteatro sobre siete colinas») no dejo de impresionar al futuro cartógrafo, quien dedicó a su descripción no pocas páginas de las Memorias. Tanto esmero, sin embargo, no significa que la pluma de Codazzi responda a veleidades literarias. A comienzos de Mil ochocientos, precisamente en la época en que el “nuestro” se dirigía hacia el Levante en busca de fortuna, en el seno de la literatura de viajes surgió un género nuevo, el de los “viajes al Oriente”. Entre sus creadores figuran así Chateaubriand como Lamartine, Castellán y muchos otros, todos ellos unidos por la misma mirada («una mirada –observa Paul Valery– que a los ojos agrandados por el deseo muestra más de lo que ellos pueden percibir»). Mas este no es el caso de Agustín: las Memorias no sólo no reflejan ningún empeño estilístico, sino que adolecen de un marcado descuido sintáctico y compositivo, signo del carácter funcional de la escritura, signo que la materia tratada no excede los límites de lo real. Lo cual no debe asombrarnos, ya que el propósito del texto –por lo menos en las páginas iniciales– es sólo documentativo («poder documentar los lugares en donde habíamos estado el día en que regresáramos a la patria»).

En 1816, cuando Codazzi llegó a la antigua Bisancio, el imperio Otomano estaba abocado a una inexorable decadencia. Aunque Muhamud II, quien fuera elevado a sultán en 1808, se hubiese impuesto la misión de restablecer la autoridad de la Sublime Puerta contra los conatos de independencia que agitaban sus dominios, varias rebeliones estallaron en Egipto, Grecia y Serbia, agravándose así la debilitación del imperio. Por otra parte, las reformas promovidas por Muhamud II con el fin de hacer de Turquía una potencia moderna, en grado de contrarrestar el expansionismo europeo, fueron frenadas por los jenízaros y los bajaes más conservadores. En suma, en 1816, el imperio Otomano –incluyendo a Constantinopla–, seguía siendo un mundo remoto e indescifrable (y aún temible) para la mayoría de los europeos. Pero esta incomprensión no impedía que las costumbres inesperadamente civiles de los turcos llenaran de estupefacción a unos viajeros encandilados de entrada por el esplendor del Cuerno de Oro. Como era de preverse, al alto grado de cultura –y a los vicios y virtudes– de los musulmanes no dejó de referirse Codazzi (cuya curiosidad, en Estambul, alcanzó la máxima intensidad).

Encuentro con Ferrari

Apenas desembarcado, el futuro cartógrafo entró a hacer parte de un nutrido grupo de ex-oficiales napoleónicos desbandados («sumidos en la miseria y casi desesperados»), los cuales –por cierto incautamente– habían llegado a Constantinopla en busca de un nuevo encuadramiento militar. Por suerte, después de unos días de indecibles privaciones, nuestro héroe dio con un rico comerciante de origen italiano, quien, conmovido por sus desgracias, decidió ayudarle. Fue así como Codazzi se volvió garitero, es decir, socio de uno de los tantos casinos que los “francos”, o europeos, acababan de abrir en Estambul... pero la peste, que estalló imprevista, provocó el cierre preventivo de los locales públicos –entre ellos las casas de juego–, truncando en el nacer su prometedora carrera de tahúr. Otro evento significativo marcó por esos días su estancia en la capital otomana: trabó amistad con Costante Ferrari, un ex-capitán del ejercito del Reino Itálico destinado a volverse su inseparable compañero de peripecias («juramos estar siempre unidos, defendernos mutuamente y disponer de una sola bolsa y una sola voluntad»). Al cabo de unas semanas transcurridas en cuarentena en Aguas Dulces, Codazzi y Ferrari, –fuese por el malogro de su nueva actividad, fuese por la irresistible llamada de las armas–, decidieron separarse del resto del grupo y dirigirse hacia Moscovia, ya que, según se decía, el zar Alejandro I había resuelto admitir entre sus tropas a los veteranos de la Grande Armée. Se embarcaron pues en una “sacolea” torca a punto de zarpar rumbo al puerto de Varna, en el mar Negro.

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