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Codazzi en Venezuela
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Desarrollo de la idea
Hallabase en Paris el Coronel Agustín Codazzi ocupado en la publicación de sus trabajos corográficos cuando recibió un oficio (fecha 17 de septiembre de 1840) del Sr. Dr. Anjel Quintero, entonces ministro del Interior, en el cual le pedía el Gobierno informes sobre los lugares más adecuados en Venezuela para establecimientos de inmigración, con otros datos que pudiese suministrar por su larga experiencia en las frecuentes correrías que sus trabajos corográficos le habían obligado hacer en la tierra adentro: su contestación de 15 de enero de 1841 se redujo a decir que por no tener a la mano los borradores en grande escala de las cartas de las provincias no le era posible indicar la ubicación de los terrenos; pero que debiendo regresar pronto a la República se reservaba para entonces, teniendo a la vista los datos necesarios, el hacer un informe extenso. Esta circunstancia sujirió al Coronel Codazzi desde Francia, la idea de fundar una colonia y al efecto comenzó a tomar informes de los lugares más a propósito en Europa para elejir pobladores. Naturalmente se fijaron sus miradas en Alemania, de donde los Estados Unidos han sacado siempre sus grandes inmigraciones. Púsose en contacto con algunas personas de grande instrucción como el sabio miembro del Instituto Boussingault y el celebre e ilustre viajero Barón de Humboldt, con quienes discutió largamente su proyecto basandolo no ya en la idea de un lucro propio, que por otra parte debe ser inseparable de una de estas empresas bien dirijidas, sino en el deseo de abrir una vía de inmigración que sirviendo de modelo a otras muchas poblase y enriqueciese a su patria adoptiva.
El anterior relato, seguramente debido a la pluma del propio Codazzi, apareció en el Boletín de la Colonia Tovar (Nº 1, 8 e agosto de 1843), a tres meses de la fundación del establecimiento homónimo. Independientemente de su mayor o menor éxito, este intento inmigratorio representa una de las empresas más apasionantes y controvertidas de nuestro personaje. Al referirse a ella, los periódicos italianos de la época subrayaron que «no se trataba de una de aquellas especulaciones en las cuales, como ha ocurrido demasiadas veces, son atraídos centenares de infelices, recogidos al azar e invitados a compartir las delicias de un imaginario Eldorado». No, ésta era una empresa de otro genero, que ofrecía las mejores garantías, ya que su dirección había sido confiada a un hombre de índole generosa, y el gobierno mismo la protegía, costeando los primeros gastos (que fuese una iniciativa sui generis se desprende del hecho que Codazzi, en carta al General Soublette, afirmase que en la Colonia Tovar «estaba interesado su honor»). Pero, dejando a un lado los presupuestos éticos del proyecto, veamos la secuencia que lo llevó a la práctica. Recibida la comunicación del ministro A. Quintero, el cartógrafo decidió regresar a Venezuela, donde, en efecto, llegó en agosto de 1841, en compañía de Alexander Benitz (agrimensor y litógrafo de Endingen, grabador de los mapas del Atlas). Su propósito era el de explorar la región comprendida entre Caracas y los valles de Aragua, en busca de un paraje que ofreciese condiciones climáticas y morfológicas aptas a la colonización europea. Fue durante la quinta exploración, por la exactitud el 14 de octubre de 1841, que Codazzi dio con el Palmar del Tuy: un valle de pendientes suaves, que descendían siempre hacia el naciente, cruzado por abundantes manantiales. Nuestro héroe lo describe así:
Un valle circular de casi legua y media de diámetro, abierto por una estrecha y elevada abra hacia el Naciente, circundado por una cerranía casi toda de una misma altura y cuyas cumbres están elevadas 2.300 varas sobre el nivel del mar, da origen al río Tuy. Las faldas de los cerros forman planos inclinados que por escalones descienden suavemente por todas partes hacia el centro de la hondura del valle que está 500 varas más abajo que las cimas. Allí tres grandes quebradas compuestas de las aguas de 17 otras perennes, se reúnen y forman ya el río, que serpenteando entonces en medio de las paredes escarpadas de las faldas de los cerros, se precipitan entre peñas, al través de una selva hasta ahora desconocida, y va a reunirse a una legua y media de distancia al riachuelo llamado Maya, cerca del cual se encuentran las habitaciones que hasta ahora se han acercado más a las cabeceras del Tuy, ocultas hasta hoy entre elevados cerros y tupidos bosques...
Bautizo de la Colonia
Circunscrito el lugar y obtenida la aprobación del plan, el flamante empresario se empeñó con el gobierno a traer a Venezuela únicamente familias de comprobado valor moral y eficiencia en el trabajo («se debía dar preferencias a los artesanos –refiere Schumacher–, que al lado de las faenas agrícolas pudiesen realizar otra actividad útil para los asociados»). Junto al compromiso de entregar informes semestrales sobre el desarrollo de la colonia y las actividades de sus socios, Codazzi –en cumplimiento de la ley de inmigración del 12 de mayo de 1840–, tuvo que presentar un fiador. Lo encontró en la persona de Martín Tovar (el mismo fiador del Atlas), con cuyo nombre, por gratitud, se bautizó la naciente colonia. Por su parte, el gobierno acordó exonerar a los colonos, durante quince años, de todos los tributos y obligaciones, sea civiles que militares. Los trabajos de adecuación del sitio (desmonte y apertura de caminos) comenzaron de inmediato, bajo los mejores auspicios, así que en junio de 1842 Codazzi y Benitz se embarcaron nuevamente para Europa. El cartógrafo se detuvo en Francia para completar los preparativos de la expedición y fletar un barco, mientras el alemán siguió hacia el Baden, para llevar a cabo la selección y contratación de los colonos. Los emigrantes que se embarcaron para América fueron 389, 239 varones y 150 mujeres, de los cuales tan sólo 216 eran mayores de 18 años. Entre ellos había albañiles, carpinteros, herreros, pedreros, carreteros, sastres, tejedores, zapateros, toneleros, sombrereros, talabarteros, molineros, maestros e impresores. El barco, “La Clemence”, zarpó el 19 de enero de 1843 y el 4 de marzo fue avistada la costa venezolana, pero a causa de la cuarentena declarada por las autoridades sanitarias, a los colonos no les fue consentido desembarcar en La Guayra. Pudieron hacerlo tan sólo tres semanas después en la ensenada de Choroní. Finalmente, el 8 de abril, tras un viaje de 112 días, ante los ojos de los alemanes se deparó el espectáculo del Palmar del Tuy. Escribe L. Jahn:
...la visión que tenían los colonos era la de una tierra reseca y ennegrecida por las quemas. Sólo se divisaban unas veinte chozas con techos de paja, donde deberían alojarse. Según la tradición oral transmitida desde los primeros colonos, se cuenta que muchas de las mujeres rompieron a llorar mientras, sentadas en el suelo, contemplaban desconsoladas el panorama. El agotamiento fisico contribuía a acentuar el estado de depresión colectiva que afectó al grupo.
Primeros pasos de la Colonia
Que aquella no fuese la tierra prometida, se hizo aún más evidente en los meses que siguieron, a lo largo de los cuales los sacrificios a los que los emigrantes se vieron abocados fueron indecibles. Pese a tantas tribulaciones, a finales de 1844 le escribía Codazzi al presidente Carlos Soublette: «Se ha conseguido lo principal de todo, pues que más revoluciones, contratiempos y maldad todas destructoras no se podían dar y sin embargo la Colonia se presenta cada día con más fuerza y vigor para crecer allí fuerte y vigorizada». En verdad, en contra de vientos y mareas, el asentamiento no había dejado en ningún momento de desarrollarse. En otra carta a Soublette, ésta fechada 31 de julio de 1843, puede leerse:
Permitame General que le haga una comparación para que forme una idea de lo que es hoy en día la Colonia Tovar. Tomaré por paralelo el pueblo de San Pedro habitado por los indios en tiempos de la conquista, por los criollos hace más de 200 años, cuenta más de 50 de parroquia y su iglesia tiene 43 años. Una población de más de 1000 almas está en un pequeño valle, cerca de otros pueblos como Macarao y Teques y sobre todo en el camino más frecuentado de la Republica, en las puertas casi de la capital, y en una posición en que los que van o salen de ella deben precisamente dormir, comer, almorzar o refrescarse. He bien, pregunto ahora: ¿tiene escuela, herrería, carpintería, albañiles, cortadores de piedra, hojaladeros, torneros, sastres, zapateros, fabricantes de gorras, tejedores de lienzo, curtiembre, matanza, fabricantes de jabón y velas, de tinas, barriles, carretas, maquinas de aserrar, molinos, maquinistas, imprenta, reloj de campana, medico, botica y barbero? No, nada de eso tiene. Pues la Colonia lo posee todo y todo está en acción y sólo cuenta 4 meses de existencia con 2 de enfermedades, alborotos y bochinches. Tiene año y medio y nueve meses que fue pisado por primera vez por planta humana el terreno y solo 18 meses de trabajos, en donde no había senda para pasar y solo precipicios horribles para entrar en una selva virgen, desconocida, asilo de las fieras y cubierta de enormes arboles.
Aunque las orgullosas reflexiones del cartógrafo no carecieran de peso, su entusiasmo era ficticio. Servía, más que nada, para convencer a la Comisión gubernamental de control que el futuro del establecimiento estaba asegurado. Haciendo caso omiso de tales «alucinaciones» , el desarrollo de la Colonia Tovar –a lo largo de los primeros años– fue dificultoso en extremo, al punto que a comienzos de 1845 le escribió Codazzi a Soublette (siempre en relación con los progresos de la Colonia): «parece que mi destino no cesa de perseguirme, y mi purgatorio debe seguir todavía más tiempo».