Agustín Codazzi - Biografía

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Vida y empresas de un geógrafo italiano en la América Tropical

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Bolívar jura libertar América. Alegoría de la época
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Estandarte de la Guerra a Muerte, acuarela
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Llegada a Baltimore

Evidenciando de nuevo un descomunal espíritu de observación, Codazzi consignó en las Memorias penetrantes anotaciones acerca de la realidad americana, comenzando por subrayar la «gran libertad de que todos gozan... y las tantas sectas y religiones que allá se profesan»; esto significaba –no dejó de inferir– que la libertad, cuando mana «de las leyes dictadas por un pueblo verdaderamente soberano», en lugar de ser causa de excesos es fuente de «orden moral, educación cívica y honestidad». Desde una óptica europea, «la prosperidad de un gobierno que no profesa ninguna religión y que todas las permite y las tolera» no podía no causar asombro. Para un joven inquieto e inteligente (y Codazzi lo era), el descubrimiento de un «pueblo regido por leyes civiles y no por la religión como en Italia» equivalía sin duda a la promesa de un mundo nuevo, un mundo en el cual unas leyes del todo humanas garantizarían –como ya lo hacían en América– los derechos fundamentales del hombre: la igualdad de oportunidades, la educación, la participación en la cosa pública, la libertad de pensamiento y de culto, etc. El bienestar de Estados Unidos, su incontenible desarrollo industrial –puede leerse en las Memorias– se enraízan en esta armonía social, un equilibrio respaldado por leyes y órganos de gobierno auténticamente democráticos, concebidos de forma que los «depositarios de la voluntad del pueblo» no llevan «ningún tipo de distintivo, y por la calle y en los lugares públicos son considerados como simples ciudadanos». Es la fe en los hombres y en sus derechos naturales –concluye pues nuestro héroe– la que consiente que gentes de tan distinta procedencia e índole, a más de mezclarse pacíficamente, lleguen a destilar de entre todas un carácter nuevo, el «carácter de los Americanos de los Estados Unidos».

Hacia la América Libre

En Baltimore, Codazzi y Ferrari –al igual de lo que ocurriera en Constantinopla el año anterior– entraron a hacer parte de un nutrido grupo de ex-oficiales napoleónicos desbandados, medio ilusos y medio desesperados, todos ansiosos de empuñar nuevamente la espada. La oportunidad, sostenían ciertas voces, no tardaría. En efecto, se rumoreaba que José Bonaparte, recién llegado a los Estados Unidos, estaba alistando una milicia de exilados, con el propósito de arrancarle la Nueva España a Fernando VII, liberar a Napoleón del encierro de Santa Helena y ponerlo a la cabeza de un imperio mexicano. Se decía también que en algún rincón de la Unión iba a fundarse una ciudad –Proscrittopolis– donde los exilées podrían vivir y prosperar. Este plan, se afirmaba, había recibido el beneplácito de la Sociedad de los Cincinnati (un consorcio creado veinte años atrás con el fin de auxiliar a los ex-combatientes de la Guerra de Independencia necesitados), la cual se encargaría de distribuir grandes extensiones de tierra entre los veteranos de la Armée. Tales voces, sin embargo, tenían poco o ningún fundamento. Lo único cierto era que una expedición contra México había zarpado de Baltimore hacía casi un año al mando de Francisco Javier Mina, un joven “general” español (creador de las guerrillas que en Navarra, durante la ocupación francesa, tanto daño habían causado al invasor). Para quien –como Codazzi y Ferrari– deseara reemprender la carrera de las armas, dicha empresa se perfilaba como la única posibilidad, ya que la Nueva Granada y demás repúblicas sublevadas de la América Meridional quedaban fuera de alcance. Desafortunadamente, en la capital de Maryland las noticias sobre los progresos de Mina escaseaban. Después de haber anunciado el desembarco de los patriotas en Soto la Marina –efectuado en abril de 1817– y el feliz éxito de las primeras escaramuzas, la prensa local no había vuelto a informar, a pesar que en Baltimore fueran muchas las personas interesadas en la expedición (en la que varios notables de la ciudad, en vista de las ventajas económicas que podrían derivarles de la independencia de México, habían invertido considerables sumas de dinero). Más que la falta de información, lo que frenó a los dos italianos fue la enorme distancia existente entre el Maryland y México: centenares de leguas que –debido a su absoluta falta de medios– deberían cubrir a pie. Por suerte, mientras sopesaban mustiamente esta alternativa, supieron que en la propia Baltimore se estaban enrolando oficiales por cuenta de la república de Venezuela. Obviamente, se presentaron en el acto. Los recibió el vicealmirante Gustave Villaret (un francés que desde hacía varios años militaba bajo las órdenes de Simón Bolívar), quien les trazó un cuadro bastante realista de la situación de las guerras de Independencia:

Señores, yo no pretendo engañaros. Os diré pues de qué naturaleza es la guerra que estamos combatiendo. De pareceros aceptable, haré que partáis de inmediato en ayuda de nuestra República naciente... Nuestra guerra es sangrienta: es de exterminio para ambas partes en lucha. Nuestras tropas navegan a veces en la abundancia, pero otras se encuentran desprovistas de todo. A menudo se ven obligadas a marchar descalzas por bosques, montañas y ríos, desarrapadas, armadas de lanzas por escasez de armas de fuego, sin recibir ningún sueldo por meses. Pero no faltan las oportunidades de enriquecerse, y el Gobierno es asaz generoso con los que sirven con ardor y fidelidad, donándoles tierras, casas y promociones.

La perspectiva de luchar por los «sagrados derechos de la independencia», al igual que la oportunidad de pasar «de las penurias y la incertidumbre a una forma de vida estable y holgada», hizo que nuestros amigos no vacilaran en suscribir las condiciones planteadas por Villaret. Éste, entonces, les ordenó trasladarse secretamente a Norfolk, donde, a espera de los recién reclutados, estacionaba el bergantín “América Libre” (según Ferrari, el buque zarpó hacia Filadelfia después del 17 de septiembre, pero el hecho es que el barco, habiendo surgido en Nueva York el 7 de septiembre, dejó este puerto el 22 del mismo mes, y se enrumbó hacia el sur).

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