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Infancia y familia
- Viaje a los Balcanes
- Recorriendo el Caribe
- Vuelta a Italia
- Codazzi en Venezuela
- Codazzi en Colombia
Imágenes
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Nacimiento de nuestro héroe
Giovanni Battista Agostino Codazzi nació en Lugo, “Legación” de Ferrara, en los Estados Pontificios, el 12 de julio de 1793. Fue bautizado al día siguiente, el mismo sábado 13 en que Charlotte Corday, la joven petite-nièce de Corneille, asesinara a Marat: una coincidencia en cierto sentido premonitoria, si reparamos en el influjo que las secuelas de la Revolución Francesa ejercerían sobre el destino del recién nacido.
De hecho, Agustín Codazzi vio la luz en un momento en el cual para su familia, así como para su ciudad e Italia entera, se asomaba –justamente a raíz de los acontecimientos transalpinos– un periodo de dramáticos trastornos. De haber llegado al mundo sólo pocos años antes, opina Manuel Ancizar, «probablemente habría recibido una educación monacal y llegado a ser un Prelado de algunas de las innumerables órdenes religiosas que plagaban a Italia», pero un móvil inescrutable hizo que llegara al mundo por los años en que los bonetes eran suplantados por los gorros frigios.
Situación de Italia
Lejos de constituir un estado moderno y unitario, en 1793 Italia era apenas una «expresión geográfica». Esta brutal apreciación del príncipe de Metternick (formulada en Viena en 1815) reflejaba una circunstancia real, es decir, el estado de crónica sumisión y fraccionamiento territorial de la península. En efecto, dentro de sus límites naturales coexistía un aglomerado de estados grandes y pequeños. El reino de Cerdeña, los dominios papales y el reino borbónico de las Dos Sicilias constituían las entidades mayores. Seguían los ducados de Parma y Plasencia –también de los Borbones–, el minúsculo principado de Piombino, el ducado estense de Modena, estrictamente ligado a los Habsburgo, y el granducado de Toscana, gobernado por un archiduque de Austria. Primeras por antigüedad y glorioso pasado, venían después las repúblicas oligárquicas de Venecia y Génova, a las cuales se sumaban las de Lucca y San Marino. Completaban el cuadro los ducados de Milán y Mantua, eso es, la región lombarda, bajo dominio habsburgico.
A tanta fragmentación correspondía una igual complejidad de situaciones sociales, políticas y administrativas. A pesar de los cambios introducidos por algunos de los gobiernos peninsulares a partir de 1748 –un programa “progresista” inspirado en las teorías filosóficas y humanitarias difundidas por el Enciclopedismo–, las libertades civiles y políticas seguían siendo escasas. Por demás, las reformas (especialmente económicas) habían suscitado reacciones encontradas. En efecto, a diferencia de la burguesía ilustrada, las masas populares se acogieron al nuevo rumbo con indiferencia o incluso con hostilidad. Empero, las medidas destinadas a causar no sólo incertidumbre sino también oposición y tumultos, fueron las de carácter eclesiástico –adoptadas en pos del abatimiento de los privilegios curiales y la secularización de la vida pública–, interpretadas por la plebe como un atentado en contra de la religión católica.
La postura santurrona y conservadora del campesinado y del proletariado (particularmente acentuada en los estados pontificios y en el reino de las Dos Sicilias, donde el clero y la aristocracia se encargaban de soliviantarla) se hizo aún más evidente cuando en la península, a raíz de la Revolución del '89, se verificaron las primeras conspiraciones jacobinas. Lejos de dejarse arrastrar por la llamada revolucionaria, las masas populares se hicieron paladinas del orden establecido y en especial del clero, hasta el punto que en Roma –precisamente en 1793– se volcaron a la calle gritando «¡Viva San Pedro!», y masacraron a un agente diplomático francés.
Situación en Lugo
Tampoco en Lugo cundían las simpatías jacobinas. Y con razón. Con sus ocho mil habitantes y una economía agrícola y manufacturera floreciente, la ciudad de Codazzi –que no en vano pertenecía felizmente al Estado de la Iglesia desde 1598– podía considerarse un bastión papista. No se trataba de un caso aislado. Incrustados en la planicie romañola, existían otros pequeños centros productivos y comerciales similares a Lugo, igualmente laboriosos, prósperos y “sanfedistas”, más atentos al culto del santo patrono que al fermento de ideas y a las transformaciones suscitadas por «el soplo borrascoso y purificador de la Revolución». Sin embargo, con su famoso mercado de los miércoles y su feria anual, así como con su intensa vida religiosa y cultural, Lugo era considerada la capital de la baja Romaña.
Doménico Codazzi: el padre
Entre aquellos que a las sugestiones jacobinas prefirieron la inveterada protección del Papa, debe enumerarse a Doménico Codazzi, el padre de Agustín. Tanto las Memorias del cartógrafo, donde sus padres son calificados de «honestos y virtuosos», así como otros testimonios coinciden en que Doménico era «un hombre... de costumbres muy piadosas», habituado a aplicar al pié de la letra las palabras del evangelio «en todas sus acciones». Manuel Ancizar, que recogió no pocas confidencias del jefe de la Expedición Corográfica, anota en propósito que Doménico Codazzi, a más de ser una persona sencilla y honrada, se daba por satisfecho «con pertenecer a la principal cofradía religiosa del lugar».